Respiro, me distraigo, busco qué hacer, intento tranquilizarme… y nada. Por momentos parece que se me pasa, pero vuelve.


Y luego llega la noche. Tengo sueño, me acuesto pensando que ahora sí voy a descansar. Pero pasan las horas y sigo ahí, dando vueltas, con el cuerpo agotado y la cabeza que no se calla.

 

¡No! ¡Así no!

 

No quiero resolver nada a estas horas, ni entender qué me pasa, ni seguir dándole vueltas a lo mismo.

 

Solo quiero dormir.

 

Despertar mañana sin esa guerra en la cabeza y otra en el corazón. Sentir tranquilidad, que mi cuerpo descanse, tener ganas de sonreír.

 

¿Es mucho pedir?

 

Porque cuando llevas tanto tiempo sintiéndote así, llega un momento en que ya no quieres que pase nada extraordinario.

 

Solo quieres que, por fin, no pase nada.

 

Estar en paz. Sentirte bien.

 

Y qué bonito sería que esa calma también se sintiera como amor.