Todos —o al menos eso espero— hemos estado enamorados alguna vez. Y si es así, podemos recordar lo intenso, contradictorio y estrepitoso que puede ser. Los miembros de la pareja se sienten únicos, y el vínculo que los une también lo es. Esta fase, como refiere Estela Troya, “implica un trastrocamiento de la noción y el sentido del tiempo, de la autoimagen, de la imagen del otro y de la visión del mundo”.

 

Es en este momento donde la pareja comienza a inventar sus propios códigos: formas particulares de llamarse, lugares significativos, canciones que los representan. Se construye, poco a poco, ese “nosotros” que da sentido al vínculo.

 

Una vez instalados ahí, todo parece maravilloso. Sin embargo, el enamoramiento no es permanente. Vale la pena mirar más de cerca lo que ocurre cuando esta fase se modifica, se transforma o llega a su fin. Es decir, cuando aparece el llamado “fin de la luna de miel” dentro del ciclo vital de la pareja ¿Qué ocurre cuando la relación comienza a tornarse agobiante y el uso del “nosotros” se vuelve excesivo, incluso invasivo?
Cabe entonces preguntarse:
¿Es necesario hacer todo con mi pareja?
¿He sentido que algo va mal porque discutimos cuando tenemos actividades por separado?

 

Estas preguntas nos invitan a reflexionar si estar en pareja implica renunciar a lo que éramos antes: gustos, amistades, tiempos, espacios. No necesariamente se trata de una renuncia, pero sí de una transformación. Y, conforme el enamoramiento se reconfigura, también emerge con más fuerza una necesidad: la individualidad. Aparece entonces el deseo de recuperar espacios propios, hábitos previos, ritmos personales. Y con ello, también pueden surgir dudas, inseguridades y tensiones dentro de la relación.

 

Es así como, después de un tiempo, uno de los miembros de la pareja comienza a necesitar más espacio personal. Tal vez prolonga la salida del trabajo, busca ver a sus amistades a solas o simplemente desea momentos consigo mismo. Esto implica, de alguna manera, tomar distancia de esa unicidad construida bajo ideas como “tú y yo somos uno mismo” o “juntos por siempre”. A veces, incluso, se expresa en gestos cotidianos: quedarse un poco más en el baño, hacerse el dormido, buscar pequeños espacios de respiro.

 

¿Qué ocurre entonces?

Frecuentemente, estos actos —aparentemente simples— son interpretados por el otro como señales de desamor o traición al vínculo. Se activa la sensación de pérdida del “nosotros” y aparecen frases como: “ya no me quieres” o “antes hacíamos todo juntos”. Es en este punto donde la relación puede entrar en una de sus múltiples puertas: la crisis.

 

Desde esta perspectiva, no es extraño que ante estos movimientos aparezca un “tercero”. No me refiero necesariamente a una infidelidad, sino a formas más sutiles de generar distancia: más trabajo, más tiempo con amigos, cansancio constante, hijos (si los hay), responsabilidades interminables o incluso conflictos y discusiones. Todo ello puede funcionar como una forma indirecta de regular la fusión en la relación.

 

Si complejizamos aún más, se suman los eventos propios del ciclo vital: dificultades económicas, enfermedades, pérdidas, duelos, hijos que no llegan… situaciones que desafían profundamente a la pareja. En estos escenarios, el vínculo suele dirigirse hacia dos caminos: o se fortalece y encuentra nuevas formas de sostenerse, o se fragmenta, quedando marcado por resentimientos, malentendidos y distancias emocionales que pueden derivar en separación. Entonces, ¿por qué ocurre esto?

 

En gran medida, por la dificultad de expresar abiertamente la necesidad de tomar distancia para reencontrarse consigo mismo. Reencontrarse con los propios gustos, hábitos, tiempos y ritmos; es decir, con la propia individualidad.

 

Pero, sobre todo, por la dificultad de comprender que la búsqueda de distancia no necesariamente implica desamor o rechazo. Conciliar compromiso y amor con autonomía y libertad sigue siendo un desafío para muchas parejas.

 

En lo cotidiano —y también en la crisis—, uno de los miembros “pide esquina”, como decimos coloquialmente. Lo interesante es que pedir espacio suele vivirse como algo casi incorrecto, incluso amenazante. Y, al no poder nombrarse de forma directa, termina expresándose de manera indirecta, generando frustración.

 

Otro riesgo importante es pasar de la fusión del enamoramiento al apego y la dependencia, los cuales, con frecuencia, se confunden con amor. Desde ahí, se sostienen relaciones que pueden volverse conflictivas e incluso violentas bajo la premisa de “así es el amor”.

 

Por ello, es importante considerar que existe intimidad cuando dos personas logran sostener un equilibrio: cercanía suficiente para nutrir el vínculo, y distancia suficiente para permitir el crecimiento individual.

 

Desde este lugar —más diferenciado y consciente— es posible estar en pareja sin perderse en ella. Permanecer en el vínculo desde formas más flexibles, más elegidas, incluso no convencionales. Pensar la pareja, entonces, como un espacio que puede resignificarse.

 

A veces, el reto no es estar en pareja… sino no desaparecer dentro de ella.

Para cerrar, vale la pena preguntarte:
¿Cómo vas tú en tu relación?
¿Te permites —y permites— espacios individuales?
¿Cómo expresas tu necesidad de distancia sin que el otro lo viva como amenaza?

 

Estas y otras preguntas forman parte del trabajo terapéutico en pareja.

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Este texto —versión revisada y actualizada— forma parte de mi trabajo clínico desarrollado a lo largo de mi trayectoria profesional.